La madrileña.

La conocí en Madrid. Las estrellas de la noche no se comparaban con su sonrisa. Hacía frío y en nuestra mesa había unas cuantas cervezas vacías. La espuma en nuestros labios la limpiamos con un beso y la despedí con un «te quiero» apresurado.

En París volví a verla y allí me enamoré. De aquellos besos con acento español pasamos a un par de abrazos y a caminar de la mano por las calles parisinas. La gente nos miraba. También hacía frío. La vi llorar por primera vez y me sentí afortunado de estar a su lado.

En Buenos Aires la desilusioné. Ahora, de a ratos, la extraño. Vuelvo a leer sus cartas y ver nuestras fotos. ¿Nostalgia? Así me gusta recordarla: la madrileña con la que por un rato fuimos un nosotros.

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